Perdedor soy y no me compadezcas

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“Cholo soy y no me compadezcas”, así reza una popular canción del folklore andino. Así, yo canto “Perdedor soy y no me compadezcas”. ¿Por qué? Porque alguien tiene que decirlo.
A nadie le gusta ser ni ser llamado “perdedor”. Desde niños, juegos de mesa como el Monopolio y consolas de videojuegos como Nintendo, nos han enseñado que el “perdedor” se va del juego, mientras que los “ganadores” se quedan, a seguir jugando. Nada más falso.
En la vida real –esto es, en el juego de la vida-, pasa justamente lo contrario; los ganadores salen y los perdedores continúan. Para que esto tenga sentido, sin embargo, primero debemos establecer qué es un “perdedor”. Si uno escribe la palabra “perdedor” en Google, lo primero que aparece en la búsqueda es un video de la canción “El Perdedor”, del cantante español Enrique Iglesias. ¿Por qué no aparece alguna definición de Wikipedia o de la Real Academia? Pues porque nadie sabe realmente lo que significa!
No conozco una persona con más emprendimientos fallidos de los yo podría contar en mi hoja de vida, y la razón es simple. No creo que sea porque sea yo más emprendedor que la mayoría, sino porque la mayoría no aceptaría ser un “perdedor en serie”, y es por esto, que hoy ellos están leyendo lo que yo escribo, y no al revés.
Recuerdo la primera vez que hablé en público. Una experiencia traumática. ¿Qué hice al respecto? Practiqué más. Hoy viajo por Latinoamérica dando conferencias sobre el tema que me apasiona. Recuerdo la primera vez que negocié con alguien más experimentado que yo. Una situación bochornosa. ¿Qué hice al respecto? Estudié más. Recuerdo la primera vez que perdí dinero en un negocio. Una anécdota tan graciosa como patética. ¿Qué hice al respecto? Emprendí más. Hoy la empresa que fundé hace 5 años es líder y referente regional.
Aún estoy muy lejos del éxito –al menos de mi concepción de “éxito”-, pero desde que eliminé de mi vocabulario la palabra “ganar”, el universo ha sido mi socio, mi mentor y mi guardaespaldas. Y es que entendí que el ganar te lleva a sentirte un ganador, y los ganadores se retiran de la pelea. ¿Para qué seguir practicando si ya eres experto? ¿Para qué seguir madrugando si les pagas a otros para que lo hagan? ¿Para qué privarte de los placeres de la vida si ya los mereces?
Creo que el ganar te hace débil y el perder te hace fuerte, y que el perder lo suficiente, te hace eventualmente invencible. Creo que son quienes conquistan la invencibilidad, la que sólo se alcanza cuando dejamos este mundo, los que lo cambian.
Así que no me compadezcas porque sea un perdedor. Compadéceme cuando me crea un ganador, porque ese día huiré a una isla lejana, a disfrutar del tiempo sin propósito y de la existencia sin impacto. Pasaré entonces mis días tomando sol y mirando cocos en lo alto de palmeras, maquinando algún propósito industrial para su agua y su pulpa, el desarrollo de una marca, una franquicia y la conquista de algún nicho de mercado, a través quizá de un concepto quick service o incluso fast casual que recree una experiencia de consumo tropical, o quizá… Y entonces, desearé nunca habérmela creído y haber perdido una vez más.